Estamos los dos, tumbados en una toalla, tomando el sol. "Die my darling" de fondo. Los dos, hablando, conociéndonos más. Es tan adorable que me encantaría pasarme la vida abrazada a él. Todo es tan distinto cuando sus brazos se cierran alrededor de mi cintura, que se me olvida todo. Todos los problemas. Mi padre, Christian, Úrsula, Matt, Tábata, el señor Wood. Es todo muy distinto cuando sus labios rozan los míos. El mundo es nuestro, sólo nuestro. Todo cambia alrededor. Es como si sólo viviéramos él y yo. Esta casa es todo el mundo.
-Vamos a bañarnos.
-Pero tiene que estar muy fría
-Si tienes frío, pégate, preciosa.-sonrisa pícara más guiño, muero de amor.
-Si tengo frío, me vuelvo a la toalla, precioso.
Nos empezamos a meter poco a poco, el agua está completamente helada.
-¿Te lo has pensado mejor?
-Sí, creo, que mejor, te congelas tú.-Y me agacho y le empiezo a salpicar.
Empezamos una guerra hasta que me coge y me tira entera al agua. Completamente helada, salgo tiritando y le abrazo.
-¿No decías que no te me ibas a pegar?
-Ya, pero así te congelas tú también.-Subo las piernas y estoy completamente abrazada a él.
Noto que empieza a andar hacia el agua y que nos sumergimos los dos poco a poco.
-Por lo menos ya has dejado de apestar, hay que ducharse todos los días, preciosa.-me guiña un ojo.
Me suelto de él de golpe y le empujo.
-Eres un imbécil.
-Pero muy irresistible. Al menos para ti.
Noto cómo se va acercando poco a poco e intento irme, pero ya le he mirado a los ojos. Ya me han cautivado esos jodidos ojos verdes. Me quedo mirándole y noto que a cada paso suyo, mi corazón se acelera aún más. Diez centímetros. Mi corazón se me va a salir del pecho. Ocho centímetros. La respiración se me acelera. Cuatro centímetros. No puedo apartar la mirada de sus ojos. Dos centímetros. Mi cuerpo entero me pide lanzarme a sus brazos. Su nariz roza la mía y yo siento que no lo puedo soportar más, que necesito besarle, abrazarle, estar con él. Estoy dispuesta a besarle cuando se separa de golpe.
-¿Qué sucede?
-Me ha parecido oír el timbre de la casa. Espera aquí, ahora vengo.
-No, voy contigo.
Esta vez hasta yo lo oigo. Suena el timbre de nuevo, y otra vez y no para. Salimos del agua, nos ponemos algo de ropa, aunque la calemos y vamos hacia la puerta.
Al abrir la puerta, ahí estaba él.
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